El 17 de octubre de 1945 entró en la historia argentina como el día en que miles de trabajadores y trabajadoras marcharon desde los suburbios industriales hacia el centro de Buenos Aires para exigir la liberación del entonces coronel Perón.

Perón había sido vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión en el gobierno militar que en 1943 derrocó al gobierno del conservador Ramón Castillo. Pero, disensiones internas dentro del propio gobierno lo habían desplazado y estaba recluido en la isla Martín García, en el Río de la Plata.

Durante el tiempo que había ocupado la secretaría de Trabajo y Previsión, Perón recibió cotidianamente a dirigentes sindicales y alentó una política favorable a sus intereses, algo inédito hasta entonces. Eso le fue ganando el aprecio de importantes sectores, incluso de dirigentes que procedían de la izquierda. Su simpatía personal, su lenguaje directo y desacartonado, le ayudaron a construir una base política que crecería de forma imparable.

Cuando ese 17 de octubre se produjo la gran movilización popular, sus viejos compañeros de armas no tuvieron más remedio que liberarlo. Incluso le permitieron aparecer en el balcón de la Plaza de Mayo, en la Casa Rosada, que en adelante será escenario de sus más célebres discursos. Esa vez utilizó el término “trabajadores” para dirigirse a la multitud; en adelante usaría siempre el de “compañeros”.

Ese día nació el peronismo, con el lanzamiento de su candidatura presidencial. No existe un texto fidedigno de ese discurso. Una grabación que existía en Radio Nacional fue destruida después del golpe de Estado de 1955. Y tampoco hay imágenes, salvo un minuto y medio de la multitud. Según la información que publicaron los diarios al día siguiente, Perón dijo, entre otras cosas: “Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida, la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino (…) En la tarde de hoy, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado, lucir las palmas y los laureles de general de la Nación. Lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón y ponerme, con este nombre, al servicio integral del auténtico pueblo argentino”.

El 24 de febrero del año siguiente, es decir, 4 meses después, se celebrarían las elecciones que lo consagraron como presidente. Sacó 1.499.282 votos, frente a 1.210.819 que cosechó la Unión Democrática, la alianza que reunió a la Unión Cívica Radical (UCR), el Partido Socialista, el Partido Comunista y el Partido Demócrata Progresista. La victoria de Perón arrastró también al resto de los candidatos oficialistas, ya que consiguió todo el Senado, menos dos escaños, así como dos tercios de la Cámara de Diputados y todas las provincias menos una, Corrientes.

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