Una hipótesis jugada pero clave: si estás leyendo esta nota, lo inmensamente probable es que estés maternando (y en ese caso, ojalá la puedas leer hasta el final).

Consultadas «las mamis» en las redes sociales acerca de qué les parecía importante que dijera una nota sobre este tema, fueron apareciendo muchísimos tópicos y, lógicamente, aparecieron repetidos. Un poco catárticamente, porque necesitamos visibilizar lo que nos sucede a quienes estamos maternando, otro poco para buscar que no somos las únicas.

Entre las principales respuestas se destacaron la angustia, el desborde, la pérdida de la paciencia y la sensación de no estar pudiendo (no sabemos qué). Si indagamos un poquito, detrás de estas expresiones encontramos la pérdida de las rutinas conquistadas con tanto esfuerzo, cambios y retrocesos en la lactancia o destete, en el sueño, en el uso del chupete, etc. Y la concomitante desesperanza que conlleva perder batallas que creíamos ganadas en términos de diferenciación, separación, independencia de les niñes, ¡así sea para ir al baño!

Pero podemos seguir indagando todavía un poco más y encontrar que esos conflictos adquieren tal magnitud porque se apoyan sobre otros más estructurales.

Rápidamente y sin saber bien cómo se llega hasta ahí nos encontramos con que actividades que circulan como sugerencias para hacer con niñes en este aislamiento se nos vuelven fácilmente una exigencia. Exigencia de estar para les hijes desde una actitud de atención permanente, de estímulo permanente y entrega absoluta. Lo mismo a veces puede suceder con las tareas escolares -como si el hecho de que elles hagan bien la tarea fuera signo de que nosotras somos buenas madres-, o cómo están vestides, cuánto jugamos con elles y a qué. Experimentamos esto porque el mandato no es de maternidad solamente, sino además de buena madre.

Los problemas de convivencia son inevitables en un contexto de obligatoriedad ininterrumpida. Pero cuando se trata de la pareja de crianza -si la hay-, esos problemas huelen a patriarcado rancio. Los ideales de co-responsabilidad en la crianza estallan en mil pedazos mientras se pone en evidencia que criar es una tarea 24/7, pero que además trae consigo una infinidad de tareas domésticas de cuidado que se hacen y se vuelven a hacer, así -literal y redundantemente- hasta el infinito en un espiral del horror sin fin. Estamos percibiendo una sobrecarga de tareas de cuidado porque no hay otras manos (familiares, laborales o de instituciones) con las que contar, porque todo el día en casa se ensucia, desordena y vuelve a ensuciar mucho más, y porque ya no hay cómo disimular la inequitativa distribución de tareas con la pareja de crianza. Se cae el velo y entendemos más que nunca la consigna «eso que llaman amor es trabajo no pago».

Sobre esta inequidad, hay quienes proponen que este contexto es una oportunidad para redistribuir las tareas de una forma más justa, y ciertamente lo es o podría serlo. Sin embargo, hay que tener cuidado con la meritocracia feminista, aquella que deja en las capacidades individuales de cada mujer -y en cada situación- la fortuna de su destino, como si sólo de ello dependiera. Y así, si sos -buena- feminista, se supone que esas cosas no te deberían suceder. Más mandatos. Bien lejos de ello, para quienes tienen la suerte de poder redistribuir algunas tareas, encontramos que hay algo que resulta intransferible: la carga mental. Esa que hace que ellos nos pregunten qué hay que hacer / comprar / limpiar y nosotras tengamos la respuesta.

Hay quienes estamos trabajando en nuestros empleos, profesiones, ocupaciones u oficios, en el propio hogar, virtual o remotamente, y quienes lo hacen fuera del mismo por tratarse de tareas esenciales. Quienes deben cuidar de familiares o vecines que requieran de acompañamientos especiales. Y también quienes militamos. Cada grupo tiene características específicas, pero en todos los casos la doble, triple o cuádruple jornada laboral que tenemos las mujeres se nos presenta de manera más evidente que nunca. Por eso, si bien algunas expresamos el peso de estar trabajando y criando al mismo tiempo, otras expresan el alivio de no sentir la exigencia de salir a trabajar, y no porque no les guste lo que hacen, sino por quedar eximidas temporalmente del mandato de ser exitosas laboralmente además de buenas madres: estar en dos lugares a la vez, y a pleno.

El aislamiento nos lleva a compararlo con el puerperio, con todos los puntos de contacto que tienen, que son un montón. No voy a detenerme en ese paralelismo porque hubo quienes ya profundizaron allí -y que recomiendo leer-. Pero especialmente porque luego de leer las voces que hacen a esta nota urge lo contrario: centrarnos en las diferencias entre aislamiento y puerperio.

Porque resulta que si lo pensamos dos veces, de todo lo que compartimos que nos sucede sobre maternidades y aislamiento, hay poco que corresponde a esta conjunción específicamente. La gran mayoría no sucede en este contexto sino que es en él que queda crudamente en evidencia. Se corrió el velo de aquello que sostenemos diariamente y sobre lo que la sociedad descansa para seguir su «normal funcionamiento». Lo invisibilizado nos mira de frente. ¿O acaso no forma parte de nuestra cotidianidad hacer la inmensa mayoría de las tareas de cuidado? ¿No nos sentimos subestimadas por nuestros compañeros de crianza cuando pedimos redistribuir las tareas?¿Las políticas públicas, hace cuánto tiempo que no hablan de nosotras?¿Y las agendas sindicales, hace cuánto que este tema no se toca? ¿Y en el movimiento feminista?

Hace 11 meses, y con más de 10 años de militancia feminista encima, quién escribe desconocía la intensidad de lo que se vive en el puerperio y la maternidad real. No es que no estuviera experimentando ya la doble jornada laboral o el trabajo no remunerado. Es que con la maternidad hay una profundización de esas inequidades que sorprende a todas y a cada una. Ese lado b de la maternidad real, aún en las maternidades más deseadas.

Ese silencio respecto del puerperio que hace que no sepamos ni queramos saber sobre ello hasta que lo vivimos. Para decir que la maternidad será deseada o no será, tenemos que garantizar estar hablando de maternidades reales, dejar de estar invisibilizadas para poder decir que realmente sabemos lo que estamos eligiendo.

En este sentido, el aislamiento y la pandemia difieren del puerperio y las maternidades reales en que lo primero se vive como parte de un inmenso colectivo. Con más o menos padecimiento, encontramos eco apenas intercambiamos con otra persona. No sos vos quien tiene que dejar en suspenso y sin garantías de poder retomarlos, sus proyectos, deseos y procesos. Somos todes. Lo segundo, en cambio, se vive en la más absoluta soledad de la casa, con todo lo que ya sabemos que el ámbito privado implica. Pero especialmente, difieren en que el aislamiento social preventivo y obligatorio no es un puerperio ni el puerperio es una crisis mundial. Al contrario, sucede todos los días con «total normalidad».

2 Comentarios a “Aislamiento y maternidad. Grandes parecidos y enormes diferencias”

  1. Que buena nota. En estos días estaba necesitando de estas cosas. Me siento muy abrumada con todo. Mis días son lo que escribís. Hice Chi quito e hijos a fin …. soy madrastra y te pone otros desafíos y desamores. Muy distinto al i condicional del hijo deseado. Gracias por escribir. Me alienta mi o que alguien ordene lo que me pasa y reafirme que no es a mi sino a muchas.
    Gracias

  2. Excelente nota, expresa y refleja mis sentires por estos días, de maternar y ser la única que cría y se ocupa de todo, cuidados, casa, limpieza..etc, sentir no poder más y los mandatos que nunca cesan. Gracias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *