La pandemia COVID-19 ya dejó de ser una crisis sanitaria para transformarse en una verdadera crisis de Estado. Como nuestro sistema sanitario, en línea con la mayoría a nivel mundial, no está preparado para enfrentar un hipotético desborde de contagios, se hizo necesario acudir al aislamiento social preventivo y obligatorio. Y eso, que implica poner patas para arriba la vida entera de la sociedad, a su vez pone a prueba la capacidad de respuesta de los países.

Paradójicamente, es cuando el Estado quiere hacer que se notan sus limitaciones. Con Alberto Fernández al mando, esta crisis se lleva infinitamente mejor que si hubiese seguido siendo presidente Mauricio Macri, desde ya. Pero un gobernante que sencilla y miserablemente definiera que la salud de la población no es asunto de un gobierno podría esconder sus carencias. La vocación de correr en auxilio de los enfermos pone en evidencia todo lo que no se tiene tras cuatro años de neoliberalismo que retomaron la senda de un cuarto de siglo (1976/2001) que no alcanzó a ser sanado durante los doce años de revalorización de lo público (2003/2012).

Un ejemplo, como solía decir Juan Domingo Perón, sirve para entender mejor el concepto: para controlar el cumplimiento de la cuarentena hace falta patrullar las calles. Ello supone reformular los recorridos que hasta entonces seguían las fuerzas de seguridad. Y ese combo tensiona un área sensible para los pueblos, sobre todo considerando que hay trabajadores que deben seguir cumpliendo sus tareas, y que ahora van a tomarse el colectivo en pueblos fantasma. La manta siempre queda corta. La metáfora que mejor ilustra a los gobiernos hoy es la del malabarista que hace girar platos sobre palillos. Llegan siempre al filo de que alguno se rompa en mil pedazos.

Si la idea general se comprende, la cantidad de ejemplos en que se puede manifestar a nivel municipal es inconmensurable. Al ser, como se suele definir en los últimos tiempos a los gobiernos comunales, el primer mostrador de la democracia, todo se ve con mayor crudeza y precisión. Y si el déficit a nivel nacional siempre es cuantificable en presupuestos que no cierran, en los territorios las carencias se multiplican y se sienten en cosas concretas que se requerirían y no están. Si es así en tiempos normales, por supuesto, mucho más pesa en situaciones extraordinarias.

Desde el vecino pequeño comerciante que llama para ver si acaso la reglamentación local del DNU nacional amplió las excepciones y puede seguir abriendo, hasta el servicio de recolección de residuos que no puede seguir siendo el mismo por las medidas de higiene que hay que tomar para proteger a esos laburantes, pasando por lo obviamente más urgente: la comida de cada día.

Los intendentes hacen magia, literalmente, para obtener recursos cuando las transferencias de los gobiernos nacional y provincial no bastan; y la recaudación propia, menos. Y si consiguen, entonces los dilemas pasarán a ser los recursos humanos y la logística para llegar a cada barrio y hogar. Las complejidades socio-demográficas de un país de desarrollo diverso como Argentina se comprenden de veras cuando se camina una ciudad del conurbano bonaerense. Inmensas, populosas y que pueden alojar en su interior tanto súper ricos como pobreza extrema.

La mejor de las intenciones de un presidente tal vez naufragaría si no contara con el respaldo de jefes comunales empapados de las realidades de sus distritos y dotados de la capilaridad necesaria para que la letra de un decreto o de una resolución devenga realidad efectiva. Se trata de nutrirse de toda la amplitud intelectual e instrumental posibles para abarcar montañas de particularidades que, por ser tantas, en los municipios terminan siendo la regla.

De las pocas ventajas, así las cosas, con que cuenta el Presidente ante el nuevo coronavirus, es una nueva generación de intendentes con capacidad para organizar en sus pueblos verdaderas cruzadas para proteger a la ciudadanía de la amenaza. Pronto se comprobará en los hechos.

Un Comentario en “El coronavirus en los territorios”

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