En este momento histórico, tan especial, en el que nuestro planeta, todo, es amenazado por una pandemia que está haciendo estragos, es imperioso reflexionar sobre el sistema económico, social, cultural y político en el que vivimos. El trágico telón de fondo de la pandemia del coronavirus es el letal capitalismo financiero globalizado y desregulado.

En este contexto, nuestra vida cotidiana se ve fuertemente impactada por este inesperado acontecimiento, e inevitablemente nos lleva a re-pensarnos como sociedad. Estamos conviviendo cotidianamente con la incertidumbre y el desconcierto, pero esta vez, de forma colectiva. El miedo aparece, pero también emergen fuertemente nuevas formas de solidaridad e incluso la esperanza de una nueva concepción del mundo.

En estos últimos años, desde el feminismo actualizamos la consigna de justicia social incorporando una dinámica distinta que viene a fundar un nuevo pacto. Porque el feminismo se sabe un movimiento cuya fuerza reside en la solidaridad, en la unión, en la convicción profunda por enderezar la balanza para el lado de la igualdad. Esta puede ser una oportunidad para fundar una Humanidad que nos contenga a todxs, y no un mundo para unxs pocxs. Y desde el feminismo tenemos mucho para aportar.
Una perspectiva feminista de los acontecimientos que estamos viviendo demanda hacer eje en un punto fundamental: las tareas de cuidado. Esta crisis sanitaria tiene una contraparte en el ámbito del hogar.

En estos días en que debemos recluirnos, tenemos una enorme oportunidad para reflexionar también sobre qué pasa en nuestros hogares. Esta humanidad, hoy, como siempre, está siendo salvada por quienes están cuidando, tanto a los viejxs, como a los enfermxs, como a lxs niñxs que no pueden ir a la escuela. Esta es una oportunidad también, para que nos replanteemos el reparto de los cuidados. El cuidado tiene que ser comunitario.

Como venimos pregonando las feministas, la vida pública existe porque hay un mundo privado que la sostiene. Son dos mundos que no están separados, se interpelan y se interconectan. Es por eso, que sabemos que la familia, el hogar, es el pilar o la base que sostiene a esta sociedad. Las relaciones de poder se producen y reproducen en cada casa.

Recién, hace muy poco, se comenzó a hablar seriamente del valor del trabajo reproductivo y de las tareas de cuidado. El problema se sintetiza maravillosamente en la tan difundida frase “eso que llaman amor, es trabajo no pago”. Y no es que no haya amor. Pero lo que sin dudas hay es trabajo. Y como cualquier otro, debería ser remunerado y reconocido como aporte a la construcción de la sociedad.
Dos conceptos son clave para comenzar a entender esta cuenta (que siempre nos da en negativo a nosotras): trabajo productivo y trabajo reproductivo. El primero es el que comúnmente conocemos como empleo, dirigido a productos y servicios. El trabajo reproductivo está compuesto, tanto de las tareas necesarias para la reproducción humana (como el embarazo, el alumbramiento, la lactancia), como del conjunto de atenciones y cuidados necesarios para el sostenimiento de la vida y la supervivencia humana (alimentación, cuidados físicos y sanitarios, educación, formación, relaciones sociales, apoyo afectivo y psicológico, mantenimiento de los espacios y bienes domésticos). Este tipo de trabajo es realizado mayoritariamente por mujeres y está socialmente invisibilizado en tanto trabajo y por ende, en su valor económico.

Esta división de tareas hace que el sistema capitalista y patriarcal se sostenga fuertemente del trabajo reproductivo no pago. Para cambiar esta relación necesitamos de un Estado fuerte, y en este sentido, el neoliberalismo se cocina con un ingrediente más que todavía no mencionamos: su voluntad de derribar todo lo que signifique regulación por parte del Estado, ese monstruo al que pintan de torpe e ineficiente, que sólo significa un obstáculo para alcanzar las libertades individuales que nos harán triunfar en la vida si nos esforzamos lo suficiente. Éste es el mantra neoliberal.

El feminismo es la erradicación de todo privilegio. El feminismo sabe bien de la importancia de que el Estado funcione en favor de las grandes mayorías oprimidas. Porque somos el subsuelo de la patria sublevado, el cimiento básico de la nación, el que sostiene todos los días las ollas y tareas invisibilizadas, las travestis revestidas de dignidad, las tortas visibles, la marica orgullosa de no ser un varón, las pibas y lxs pibxs que generan todos los días nuevas respuestas a las viejas problemáticas.

En medio de la crisis global, tenemos una oportunidad. En nuestro país la Política (con mayúscula) vuelve a ser la estrella: se valora la inversión en salud, se ponen en crisis las salidas individualistas y se reivindica la solidaridad en búsqueda de un nuevo modelo, de ese pacto del que veníamos hablando. Mientras tanto, el mundo discute aún las prioridades y líderes neoliberales, como Trump, Boris Johnson o Bolsonaro minimizan los riesgos sanitarios. El neoliberalismo global es insensible.

Por eso creo que deberíamos parir un nuevo mundo, un nuevo modelo o paradigma, en pugna con el actual, con su ensalzamiento del individualismo y su afán acumulador y defensor de la propiedad privada como valor máximo, el neoliberalismo conservador y patriarcal que no tiene la más mínima aspiración a cambiar el statu quo.

Citando a Susy Shock, “no queremos ser más esta humanidad”, por eso creamos, criamos y creemos en otra humanidad: Humanidad con justicia social.

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