Cuando llega la mercadería lo primero que hay que hacer es controlar que el papelito que trae el señor y que se llama remito coincida con lo que efectivamente descargamos del camión. No es una tarea sencilla: el señor siempre se quiere ir rápido.

Cuando llega la mercadería llaman a la compañera responsable del merendero o comedor, y ahí hay que dejar lo que se esté haciendo y salir corriendo a recibirla. Se supone que hay una regularidad en la entrega, pero las regularidades siempre pueden sufrir alteraciones.

La mercadería nunca alcanza. Durante estos últimos cuatro años las raciones se fueron reduciendo al tiempo en que la cantidad de personas que se acercaban a tomar la merienda o a cenar y almorzar crecía. A lxs niñxs se fueron sumando generalmente sus mamás, las personas mayores fueron siendo cada vez más asiduas y toda persona que pasa por la puerta se queda a ver si puede conseguir algo. Tuvimos que hacer crecer las raciones ingeniándonos para conseguir harina, grasa, alitas, lo que se pudiera para multiplicar el alcance.

En los cuatro años del gobierno macrista la situación de las personas que viven en los barrios populares fue empeorando notablemente. En el último trimestre de 2019, el ingreso per cápita familiar de los hogares de zona norte de la Ciudad de Buenos Aires, que fue de $51.241, más que duplicó al de los hogares de zona sur que percibieron $21.313 en promedio; y el Ingreso total familiar del norte fue un 56% superior al de la zona sur. El 30% de los hogares de la ciudad de menor ingreso per cápita familiar agrupan aproximadamente al 40% de la población y, en la última parte del año pasado percibieron solamente el 13% de los ingresos generados. Mientras que el 30% de los hogares con mayores ingreso per cápita familiar, se apropió del 51,6% de la suma de los ingresos, pero representa tan sólo al 22% de la población.

En esta ciudad tan desigual, los merenderos y comedores de los barrios populares han pasado a formar parte de los recorridos cotidianos de la mayoría de las personas. Funcionan como condensadores de muchísimas redes que permiten la vida. No son sólo lugares en los que se encuentra alimento, sino dónde circula información sobre un montón de cosas. Las compañeras que trabajan en los merenderos y comedores no sólo cocinan, sino que forman parte de las redes cotidianas comunitarias que sostienen la vida del barrio. La feria, las redes de cuidados, los datos sobre las changas, el lugar donde alquilan pieza que permitan niñxs, cómo hacer un trámite en Anses, qué está diciendo la UGIS o el IVC esta semana sobre el vactor.

En las últimas semanas, la discusión sobre las formas del cuidado y del autocuidado, de la protección en tiempos de pandemia, han generado la visibilidad de algo que pasa desde hace bastante tiempo. Los barrios más vulnerados no tienen las mismas condiciones para afrontar el aislamiento preventivo. En los barrios populares los espacios de reunión son aquellos que sostienen las redes cotidianas. Las redes cotidianas del cuidado y las redes cotidianas del sustento. Los merenderos y comedores desde hace mucho tiempo que no dan abasto, pero ahora son pilar fundamental para que miles de personas coman. Son pilar fundamental para encontrar y dar respuesta a los grupos de riesgo. Son pilar fundamental para entender cómo acceder a políticas de emergencia que desarrolla el Estado nacional. Y son pilar fundamental porque llegan a cada rincón del barrio.

Delia vive sola en una pieza en el sector dos de la Carbonilla. La dueña le avisó que desde abril el alquiler de ese lugar sube de $5.000 a $6.500. Delia cobra el Salario Social Complementario, que son $8.500 y trabaja en un merendero junto con otras compañeras. Para poder subsistir vende comida en la feria, o en alguna cancha cuando hay partidos. Suele vérsela con su chango siempre cargado con empanadas listas. La pandemia no la deja salir a vender y al aumento del alquiler se le suma el aumento de los alimentos en todos los negocios del barrio.

La mayoría de las compañeras se pasa la mañana y la tarde dando vueltas por distintos merenderos y comedores viendo en cuál llegó un poco de mercadería para estirar la poca plata que hay. «Y es que nuestros trabajos cada vez rinden menos, sólo conseguimos trabajo en casa de familia y ahora con la pandemia no podemos ir. Antes trabajabamos en taller y están todos cerrados«. Es que los trabajos que consiguen las mujeres de los barrios populares de esta Ciudad son los más precarios, son los más golpeados y, por supuesto, son los que peor se pagan. «Los varones no están trabajando y somos las mujeres las que salimos todos los días a enfrentar la realidad y ver qué les podemos dar a lxs pibxs«.
Cuando no hay changa, cuando la mayoría de las obras están paradas, cuando el trabajo de costura no llega, cuando no se puede trabajar por hora en casa de familia, las redes construidas durante años son las que se ponen al frente de la supervivencia.

Se multiplican cada día las personas que necesitan de los merenderos y comedores. Pero, las raciones no se multiplican. Las raciones siguen siendo las mismas, el Gobierno de la Ciudad no da respuesta a este aumento, no proporciona artículos de limpieza para los lugares donde se reparte comida, no proporciona los elementos de autocuidado para quienes trabajan allí.

La tensión entre el cuidado y rebuscárselas
En los últimos trimestres de 2018 y 2019 se destruyeron, en cada uno, 120 mil puestos de trabajo. En los mismo períodos se crearon 16 mil puestos asalariados no registrados y 265.000 pasaron a formar parte de la inmensa masa de nuevxs trabajadorxs de la economía popular.
Los oficios tradicionales de los barrios populares son los más precarizados, son los rubros con mayores niveles de informalidad, con menores remuneraciones, con peores condiciones de trabajo. Los movimientos populares fuimos encontrando la manera de convertirlos en espacios para la organización y para la pelea por mejores condiciones para generar más trabajo.
Andrea camina por Unanué para ir a ver si en el taller hay guantes de latex. En la manzana 14 el taller está más deshabitado de lo habitual. En ese lugar en el que convive mercadería para entregar, olores de los hermosos yuyos de Maleza (una cooperativa de compañeras que hace cosmética natural) y retazos y máquinas de coser, en estos días queda sólo la humedad.
Las máquinas están paradas, no quedan guantes ni retazos para hacer barbijos y, por supuesto, ya no hay mercadería.
En la tercera semana de aislamiento preventivo, recién entra el primer encargo para la cooperativa textil. Rápidamente se organiza la producción y, en paralelo, por supuesto los esquemas de cuidado de lxs pibxs. «Esto nos va a salvar, ya estamos todas ahogadas porque mi marido no está trabajando, Lore está sola con la nena y el marido de Tona se fue».
El pequeño colchón de la unidad productiva textil permite arrancar un trabajo que sin la organización previa no hubiera sido posible.
Así como no es posible sobrevivir sin políticas públicas que ayuden a ir afrontando este parate productivo. El Ingreso Familiar de Emergencia es una de las políticas de transferencia con mayor grado de universalización que conocemos, pero no hay posibilidades de que las políticas universales lleguen a cada rincón si no hay organización popular que sostenga esos canales de difusión y garanticen el accesos a plataformas virtuales que, aunque simples, implican una barrera por las posibilidades de conectividad.

Geografía sanitaria de la desigualdad
Ramona dice que no cree en el coronavirus. «Es sólo una gripe como tenemos siempre». Pero, su hijo Umber se pasa toda la noche con fiebre y tiene tos. El estigma de la enfermedad, la salita cerrada sin guardia, el recorrido hasta el hospital, todo eso juega en contra para que vaya a consultar.
Finalmente, lxs compañerxs la convencen y lo lleva a Umber hasta el Piñero. Después de esperar muchísimo, finalmente lxs atienden. Umber tiene dengue.
El contraste de las cifras entre los barrios más afectados por el dengue y por el COVID-19 es notable y a simple vista se sacan conclusiones sobre las condiciones de vida de esas comunas. En CABA hay 4.302 casos confirmados de dengue, la mayoría de ellos, son de la zona sur y no hay política del Gobierno de la Ciudad que prevenga su expansión. Las enfermedades copian la geografía de la desigualdad en nuestra ciudad.
Pero, ante la propagación del coronavirus, serán los barrios populares también los más vulnerados. Las condiciones habitacionales son parte de los riesgos que corren todxs sus habitantxs. Piezas sin ventanas, baños compartidos, cocinas comunes. Una red de agua insuficiente, la falta de ventilación de los ambientes, la humedad acumulada suma al conjunto. Combinadas con antecedentes de salud graves. En los barrios populares los índices de tuberculosis han ido creciendo durante el último tiempo y esta enfermedad puede dejar secuelas en el sistema respiratorio. La diabetes tiene una incidencia alta en la salud de la población, la mayoría de lxs niñxs sufrió algún tipo de afectación en su sistema respiratorio, gran cantidad de ellxs tienen bajo peso y no pueden alimentarse de una manera saludable porque la vida se ha puesto dura en estos años de crisis.

Mientras que en la Ciudad el promedio de utilización exclusiva del sistema de salud público alcanza al 18% de la población, en la Comuna 8 (Villa Lugano, Villa Soldati y Villa Riachuelo) ese número trepa al 43%, la comuna que muestra los peores indicadores socioeconómicos. Las salitas tienen un rol central que cumplir. La Comuna 8 no tiene hospital, sólo un centro de salud un poco más grande (al que el larretismo llama “El hospital de Lugano” y ya inauguraron varias veces) que es el “Cecilia Grierson”.
En estas semanas los diferentes centros de salud del sur estuvieron cerrados para la atención de personas con fiebre y tos por falta de elementos de protección para lxs trabajadorxs. De cada uno de los barrios había que tomar algún colectivo para llegar a un hospital y consultar, porque, por supuesto, el SAME no llega nunca a los barrios populares.

Ante estas escenas repetidas nos preguntamos cuáles pueden ser las medidas que el Gobierno de la Ciudad tome cuando el coronavirus llegue a los barrios y se expanda. Cómo se pueden cumplir las condiciones de aislamiento de aquellas personas que estén infectadas si el contexto no lo permite y qué hace el estado local ante eso.

En estos tiempos en que se debate sobre los límites que muestra el modelo extractivista, las recetas neoliberales y la necesidad de volver a creer en las respuestas del Estado, creemos necesario incluir nuestra voz en esas discusiones.
Como ante cada uno de los obstáculos que enfrentamos, los movimientos populares creemos que la única alternativa para enfrentar estos tiempos tan complejos es la organización popular. Sólo así vamos a poder generar las respuestas más adecuadas para cada uno de nuestros barios, sólo trabajando en conjunto con el Estado nacional vamos a poder hacer que sus políticas lleguen a todos lados y construir un país con justicia social.

3 Comentarios a “Qué vida estamos cuidando”

  1. Gran trabajo,injustamente no reconocido.
    Gracias a todos estos anónimos que hacen de su vida cotidiana, una lucha sin claudicar al lado del Otro. Sólo me generan orgullo.
    Gracias

  2. Es muy difícil hacer visible una situación que siempre se quiere esconder.
    Hay muchas necesidades y el gobierno de la ciudad no puede mirar para otro lado.
    Actuar rápidamente es imprescindible.

  3. Mientras sigamos manteniendo extranjeros que vienen a tomar tierras, exigir viviendas, escuela, hospital, planes sociales, jubilaciones, luz, asfalto, agua, gas, bolsita con mercadería, y sin aportar nada, cada día vamos a estar peor, quisiera saber que pasa si nosotros hacemos lo mismo en el extranjero a ver como nos reciben.

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