El 19 de mayo de 1995 Jaime de Nevares dejó a los olvidados sin su tutela en la tierra. Supo vivir como pensaba a pesar del esfuerzo que demanda andar contra la corriente. A 27 años de su muerte, Conclusión repasa aspectos de su ejemplar existencia.

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Hoy se cumplen 27 años del fallecimiento del obispo Jaime de Nevares, quien tuviera una acción destacada como pastor de la iglesia Católica, al convertir en acto cada una de sus convicciones en cuanto a la defensa de los pobres, a las medidas de protesta por la construcción de la represa Chocón – Cerros Colorados en Neuquén, a su firme oposición a la dictadura cívico – militar y a la defensa de los Derechos Humanos.

Por ello, y entre otras cosas, se negó a bendecir la capilla de la represa, visitó a Juan Pablo II para informarlo de la matanza y desaparición de personas durante la dictadura; tampoco quiso bendecir los actos oficiales de la dictadura y a pesar de ser elegido Convencional Constituyente, renunció al cargo denunciando el llamado “Pacto de Olivos” llevado adelante por Menem y Alfonsín.

Jaime de Nevares fue abogado y sacerdote católico nombrado obispo de Neuquén en 1961. A poco de ser elegido para ese cargo pastoral, participó del histórico Concilio Vaticano II y de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín.

Durante la construcción de la represa de El Chocón, se puso al frente de la defensa de sus trabajadores, en el marco de las medidas de protesta que éstos llevaban adelante debido a las condiciones inhumanas de trabajo en las que se desempeñaban.

La obra tenía por objetivo proveer de electricidad a Buenos Aires, razón por la cual el dictador Juan Carlos Onganía la llamó “la obra del siglo”.

Al respecto, Don Jaime (como a él le gustaba que lo llamaran) expresó: “Por encima de todo está la obra, que como hemos escuchado, podría haber estado en boca de los faraones cuando la construcción de las pirámides con el trabajo de los esclavos” y agregó que “estamos perdiendo tantos millones por día. Las angustias del trabajador por el pan de sus hijos, sus esfuerzos por el reconocimiento de su dignidad y por la justicia ¿no valen nada? Valen mucho más”.

En otro orden, y a partir del nombre que Onganía le puso a la obra, De Nevares señaló que su accionar era la contribución que él hacía “para evitar que la obra del siglo se convierta en la vergüenza nacional del siglo”.

El cura párroco de la localidad de Centenario, Rubén Capitanio, describió el proceder del obispo al testimoniar con su relato: “Recuerdo que una vez, en una reunión de obispos en La Plata, se le acercó a saludarlo una señora. En esa época se usaba saludar a un obispo arrodillándose y besándole el anillo. Cuando esta señora lo reconoce, se arrodilla, y cuál no sería su sorpresa cuando ve que él también se arrodilla para quedar a la misma altura de ella, y la saluda con un beso en la mejilla”.

En 1971, De Nevares siguió la línea que había adoptado en El Chocón y renunció a dar la bendición en actos oficiales. Luego, en 1976, encabeza la creación de la primera delegación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos del país en Neuquén.

Durante el tiempo de la dictadura, Don Jaime fue un férreo opositor y crítico de la misma, junto al obispo emérito de Viedma, Miguel Hesayne y Jorge Novak. Sólo las voces de estos tres miembros de la jerarquía católica argentina denunciaron las violaciones de la dictadura frente a otros 70 prelados que no compartían sus posturas.

Por otro lado, de Nevares se entrevistó con el Papa Juan Pablo II y en el encuentro informó al Pontífice sobre las violaciones a los derechos humanos que la dictadura realizaba en el país.

Más adelante, con el regreso de la democracia, De Nevares integró la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) en su carácter de cofundador y se opuso a las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

Además, en 1994 fue elegido convencional constituyente por la provincia de Neuquén, y no obstante ello, durante el desarrollo de las sesiones decidió renunciar al cargo de manera casi sorpresiva.

Don Jaime presentó la dimisión en esa oportunidad, alegando el manejo de la misma con el que no estaba de acuerdo, bajo el denominado Pacto de Olivos. Entre sus argumentos a la hora de la renuncia, afirmó que lo hacía “para no participar en los funerales de la República”.

Ya en sus últimos años y retirado como obispo, De Nevares evocó: “Lo que más extraño es a la gente de la cordillera”. Y desde su sensibilidad, agregó al respecto de los aborígenes y los más pobres: “Ellos siguen agonizando en los pedreros, mientras los indigenistas hablan con entusiasmo y emoción y los organismos oficiales siguen planificando en sus regias oficinas con aire acondicionado o buena calefacción, entre pilas de expedientes rigurosamente confeccionados por expertas dactilógrafas, lo que se debería hacer para que no se note tanto esa mancha de desprecio que nos ensucia un poco a todos los argentinos”.

Jaime de Nevares murió el 19 de mayo de 1995, cuando contaba con 80 años de edad y fue despedido en la catedral de Neuquén con sus atuendos de obispo, aunque calzado con los mismos borceguíes que cotidianamente usaba.

Todo un símbolo que expuso su manera de entender la función pastoral y la entrega por sus semejantes.

También, y sin perder su célebre sentido del humor, adelantó su muerte cuando le comunicó a un amigo desde su lecho: “Estoy pidiendo pista”.

Poco tiempo antes de dejar esta tierra, Don Jaime dijo: “Tata Dios nos pide coraje, que no nos achiquemos. Tenemos una doctrina que practicar, que predicar y que vivir. En la vida cotidiana, nada extraordinario, pero sí lo extraordinario de vivir hasta en los detalles la doctrina del amor”.

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